MARCELINO CHAMPAGNAT
Misión educativa marista - Instituto Marista, Roma, 1998
Marcelino Champagnat
1. Marcelino Champagnat es la raíz que da vida a la educación
marista. Los tiempos y las circunstancias cambian, pero su espíritu dinámico
y su visión siguen vivos en nuestros corazones. Dios le eligió para
llevar esperanza y el mensaje del amor de Jesús a los jóvenes de
Francia en su época. Es también Dios quien nos inspira a hacer lo
mismo en los lugares donde vivimos hoy.
Un hombre fiel a Dios en una época de crisis
2. Durante el tiempo que vivió Marcelino (1789-1840) Europa fue el
escenario de una gran agitación cultural, política y económica, de
crisis en la sociedad y en la Iglesia. Ese fue el marco en el que
creció y fue educado, el contexto que provocó su respuesta de fundar y
llevar adelante el Instituto de los Hermanitos de María, conocidos como
los Hermanos Maristas.
- en su juventud
Marlhes (1789-1805)
3. Marlhes*, el pueblo donde nació Marcelino, era un lugar donde
reinaban el atraso y la ignorancia; la mayoría de los adultos y jóvenes
eran analfabetos. Sin embargo, durante su infancia, se respiraban aires
de cambio. Las ideas sobre progreso social y solidaridad que provenían
de la Revolución Francesa causaron su impacto incluso en los
lugares más apartados. El padre de Marcelino jugó un importante papel
en este movimiento social.
4. Tres personas de la familia contribuyeron particularmente a modelar
el carácter de Marcelino. Su padre, hombre emprendedor, inteligente y
trabajador, influyó en la formación de Marcelino como futuro
ciudadano. Su madre y su tía sirvieron de modelos y guías para la
afirmación de sus primeros pasos como creyente, su crecimiento
en la fe y la oración, y el despertar de su devoción mariana.
5. La formación intelectual del joven Marcelino resultó harto
laboriosa por la falta de maestros competentes. De hecho, se negó a
volver a la escuela local después de haber sido testigo de la
brutalidad de su maestro hacia otro alumno, y se dedicó a trabajar en
la granja familiar. Fue así como, siendo un adolescente casi analfabeto,
respondió generosamente a la llamada de Dios que le invitaba a ser
sacerdote. Tuvo que suplir la falta de base en los estudios con un gran
sentido común, honda piedad, fortaleza, habilidad práctica y tesón
indestructible.
Lyon (1813-1816)
6. Transcurridos algunos años en el seminario menor de Verrières (1805-1813)
donde su vocación hubo de superar numerosas tentaciones de abandono y
desaliento, Marcelino ingresó en el seminario mayor de Lyon. Allí
recibió formación teológica y espiritual de manos de sacerdotes que
habían sufrido los avatares de la Revolución Francesa y sus
consecuencias. En aquellos tiempos de agitación,Lyon, histórico bastión
de espiritualidad mariana, se convirtió en punto de partida de
numerosos proyectos misioneros y apostólicos.
7. Fue en esta tierra cristiana y mariana donde germinó la Sociedad
de María, promovida por un grupo de seminaristas, entre ellos
Marcelino. Desde los comienzos, él manifestó su convicción de que la
Sociedad debía incluir una rama de Hermanos dedicados a la enseñanza
que trabajasen con los niños que se veían privados de educación
cristiana en apartadas zonas rurales, porque otros no iban donde ellos.
- durante el período fundacional.
La Valla (1816-1825)
8. Una vez ordenado sacerdote, el 22 de julio de 1816, Marcelino fue
destinado como coadjutor a La Valla. Pronto le impresionó el
aislamiento y la pobreza cultural de esta zona rural de montaña.
Estaba emergiendo una sociedad burguesa, liberal y egoísta, donde los
políticos se preocupaban sobre todo de formar una élite de la que
pudieran salir los líderes militares, políticos y económicos de la
nación. Incluso en la Iglesia, no se prestaba demasiada atención
pastoral a los jóvenes de las aldeas y caseríos. Además, la enseñanza
como profesión estaba tan poco considerada y tan pobremente pagada que
sólo atraía candidatos cuya capacidad y preparación dejaban mucho que
desear.
9. A finales de octubre de 1816, le llamaron para que acudiera al lecho
del joven que, a la edad de 17 años, se moría sin apenas haber oído
hablar de Dios. En los ojos de este muchachoJean Baptiste Montagne percibió
el clamor de millares de jóvenes que, como él, eran víctimas de una
trágica pobreza humana y espiritual. Este hecho le movió a entrar en
acción.
10. El 2 de enero de 1817, Marcelino reunió a sus dos primeros discípulos.
Pronto le siguieron otros. La Valla se convirtió así en la cuna de
los Hermanos Maristas. De esta manera comenzaba una maravillosa
aventura educativa y espiritual en medio de la pobreza humana, con la
confianza puesta en Dios y María.
11. Los primeros Hermanos eran jóvenes campesinos, la mayoría entre 15
y 18 años de edad, más habituados a las arduas tareas del campo que a
la meditación, la reflexión intelectual y el trabajo con niños y jóvenes.
Se llamaban : Jean Marie Granjon (H. Juan María), Jean Baptiste Audras
(H. Luis), Jean Claude Audras (H. Lorenzo), Antoine Couturier (H.
Antonio), Barthélemy Badard (H. Bartolomé), Gabriel Rivat (H.
Francisco), y Jean Baptiste Furet (H. Juan Bautista).
12. Marcelino transmitió a estos muchachos su entusiasmo apostólico
y educativo. Vivió entre ellos, como uno más. Les enseñó a leer, a
escribir y a contar, a rezar y vivir el Evangelio cada día, y a llegar
a ser maestros y educadores religiosos.
13. Pronto les envió a los caseríos más apartados de la
parroquia para que enseñaran a los niños, y a veces también a
los adultos, los rudimentos de la religión y las primeras nociones de
lectura y escritura. Entre 1817 y 1824, organizó una escuela primaria
en La Valla, y la utilizó simultáneamente como ámbito de formación
de educadores, en el que los hermanos jóvenes realizaban sus prácticas
de enseñanza.
El Hermitage (1825-1840)
14. En el transcurso de 1824-1825, la pequeña comunidad había
aumentado y Marcelino tuvo que construír una casa de formación
amplia, en un valle próximo a la ciudad de Saint Chamond. Le dió el
nombre de Nuestra Señora del Hermitage, y esta casa vino a ser para los
hermanos, al mismo tiempo, monasterio y centro de formación de
educadores.
15. En la medida de las posibilidades y de acuerdo con las exigencias
legales, Marcelino ofreció a sus discípulos formación humana y
espiritual inicial y continua, prestando especial atención a su
perfeccionamiento intelectual y pedagógico.El Hermitage, por lo tanto,
puede ser considerado como el crisol de la pedagogía marista.
16. Con el tiempo llegaría a ser progresivamente el centro de una
red de escuelas primarias cada vez más numerosas y mejor
organizadas. La opción que tomaron Marcelino y los Hermanos fue la de
reducir todo lo posible la aportación económica de los
alumnos, y, consecuentemente, llevar una vida austera. La primera
edición impresa de la Regla de Vida de los Hermanitos de María (1837)
organizaba simultáneamente la vida religiosa comunitaria y la vida de
trabajo en las escuelas.
17. El Hermitage fue también el centro de la actividad misionera
de la Congregación, que comenzó en 1836, cuando tres Hermanos fueron
enviados a Oceanía con un grupo de Padres Maristas. El propio Marcelino
escribió estas palabras a un obispo que le solicitaba Hermanos: «Todas
las diócesis del mundo entran en nuestras miras».
Un educador para nuestro tiempo
Un hombre con visión práctica, innovador
18. Desde joven, Marcelino demostró su capacidad de iniciativa y
previsión. Siendo adolescente, deseaba labrarse un porvenir como
granjero y se interesó activamente por la crianza y venta de corderos.
Una vez que escuchó la llamada de Dios, trasladó ese entusiasmo y
energía a la preparación de su misión como sacerdote.
19. Cercano a la gente de su región, y advirtiendo su desventaja ante
un mundo que cambiaba, Marcelino se atrevió a imaginar otras
posibilidades más allá de lo que contemplaban los responsables de la
Iglesia y los gobernantes de su tiempo. Su empeño y dinamismo le
llevaron a reunir seguidores para fundar una nueva comunidad religiosa a
los seis meses de su ordenación. El origen de este vigor apostólico
era su inagotable confianza en Dios y en María.
20. Fue también realista y práctico. Con el fin de afianzar la
obra de los Hermanos no dudó en actuar como hombre emprendedor,
comprando terrenos y casas, construyendo, renovando y ampliando
edificios para adecuarlos a la vida y formación de la comunidad
religiosa. Asimismo, fue práctico a la hora de afrontar los problemas,
como puede apreciarse, por ejemplo, en sus esfuerzos por lograr el
reconocimiento oficial para su Congregación y buscar soluciones para
los hermanos jóvenes en edad de ser llamados a filas.
21. La clave de su éxito como líder residía en su habilidad para
relacionarse y comunicarse con los demás. Su personalidad y su
proyecto atraían a los jóvenes, y tenían el don de extraer de ellos
las mejores cualidades para que se convirtieran en embajadores de su
obra. Es más, a través de sus cartas y llamamientos personales a la
Iglesia y a las autoridades del gobierno, y mediante la cuidadosa
preparación de estatutos y prospectos, presentó, defendió y promovió
el proyecto que había recibido de Dios.
Educador de niños y jóvenes
22. Marcelino era un educador nato. En Marlhes, durante sus
vacaciones de seminarista, atraía a niños y adultos que venían de
lejos para asistir a sus lecciones de catecismo. Le escuchaban con interés,
a veces durante más de dos horas. En La Valla, el joven coadjutor
transformó la parroquia con su sentido de acogida, su sencillez afable
y la preparación esmerada del catecismo o los sermones del domingo,
uniendo así fe y vida.
23. También demostró ser un educador experto de la juventud,
como puede apreciarse en su acierto al convertir jóvenes con muy poca
formación que aspiraban a ser Hermanos en buenos maestros y educadores
religiosos. Marcelino vivía con ellos, les daba ejemplo y les ayudaba a
desarrollarse humana y espiritualmente. El secreto de su éxito como
educador estaba en la gran sencillez con la que se relacionaba
con sus jóvenes discípulos y en la enorme confianza que supo
depositar en ellos.
24. Con ellos elaboró y perfeccionó un sistema de valores
educativos tomando como modelo a María, la sierva de Dios y
educadora de Jesús en Nazaret. De la misma manera, demostró espíritu
emprendedor al incorporar a la enseñanza los métodos pedagógicos más
efectivos de su tiempo.
Formador de jóvenes apóstoles
25. Marcelino manifestaba un interés personal por cada uno de
sus jóvenes Hermanos, les guiaba espiritualmente, les animaba a
prepararse adecuadamente, y les confiaba responsabilidades apostólicas.
Visitaba sus escuelas y acompañaba a cada Hermano en su misión como
maestro y catequista.
26. Inspiró en ellos una espiritualidad apostólica sustentada
en la idea de la presencia de un Dios amoroso y fiel, en un compromiso
de vida que tenía a María como modelo y Madre, y una actitud
fraternal vivida en comunidad. Les presentaba el amor de Jesús en Belén,
la Cruz y el Altar, no sólo como motivo de meditación personal sino
como recuerdo de que estaban llamados a manifestar ese mismo amor en la
tierra. El amor que Marcelino sentía por los pobres es un modelo para
aquellos que responden al nombre de «Marista».
27. Marcelino elaboró un sistema de formación permanente que
incluía tanto teoría como experiencia práctica y que se basaba en la
comunidad. Especialmente durante los primeros años, las vacaciones de
verano se aprovechaban para mejorar los conocimientos de los Hermanos y
sus métodos educativos mediante el trabajo individual y por grupos, exámenes
y conferencias.
28. Estableció un sistema similar para la formación de responsables,
especialmente los directores de las escuelas, en áreas como la
administración, la contabilidad, el ejercicio de la corresponsabilidad,
la relación con los otros hermanos, y el trabajo en consejo o en equipo.
Nosotros continuamos su proyecto educativo
29. Durante los cincuenta y un años de su vida, Marcelino trabajó,
consumiendo sus fuerzas hasta el agotamiento, para afianzar su familia
religiosa de educadores. Vivió la experiencia de la Cruz,
con innumerables decepciones, dificultades, y obstáculos, pero mantuvo
firme su esperanza y su ideal. Cuando murió, el 6 de
junio de 1840, esta familia contaba con 290 Hermanos distribuidos en 48
escuelas primarias.
30. El Hermano Francisco y los primeros Hermanos continuaron su obra con
entusiasmo. Con un espíritu de fe y celo apostólico similares, sus
sucesores la han extendido a los cinco continentes. Nosotros, como
educadores maristas, compartimos y continuamos el sueño de Marcelino
de transformar las vidas y la situación de los jóvenes,
particularmente los menos favorecidos, ofreciéndoles una educación
completa, humana y espiritual, basada en el amor personal por cada uno
de ellos.
Vida de José Benito Marcelino Champagnat, Hermanos Maristas, Roma, ed.
1989, capítulo I, pp. 5-6. (Esta biografía original fue escrita en
1856 por el H. Juan Bautista Furet, uno de los primeros discípulos de
Marcelino Champagnat.)
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